San Caprasio: un eremitorio en el desierto de Monegros

Interior de la cueva refectorio (Eremitorio de San Caprasio). Fotografía de Eduardo Serrano Publicado el 23/06/2018 por Lydia Morales

La comarca aragonesa de Los Monegros, famosa por la cruda aridez de su paisaje semidesértico, es un territorio de 246.000 hectáreas que se halla a caballo entre las provincias de Zaragoza y de Huesca. De sureste a noroeste la cruza un cordal montañoso –la Sierra de Alcubierre– que ejerce de linde natural entre ambas provincias y es la muela más alta de cuantas bordean la depresión geográfica ocupada por Zaragoza. Se trata de una sierra seca, agreste, de poca vegetación y mínima humedad. Su relieve está compuesto por materiales del Mioceno (yesos, calcitas y areniscas) que presentan una forma escalonada: un primer escalón que llega hasta los 500-600 metros de altitud, un segundo está en torno a los 700 metros y el último a 800. Las alturas máximas de la sierra son San Caprasio (838 m), coronada por una edificación donde la tradición cuenta que vivió el santo homónimo, y el Monte Oscuro (822 m).

El clima extraordinariamente duro constituye uno de los rasgos definitorios de este territorio. Las temperaturas extremas (gélidas en invierno, abrasadoras en verano), los vientos violentos, las nieblas y la escasez de lluvias convierten a esta comarca en la más árida de España junto con algunas zonas de Almería y del centro de la Meseta Norte. Los suelos desnudos, descarnados y con frecuentes eflorescencias salinas de los llanos dejan paso a una vegetación algo más variada en la Sierra de Alcubierre. Pinos carrascos con enormes muérdagos colgando de sus ramas, encinas y sabinas son acompañados por arbustos como la coscoja, el romero, el tomillo y el escambrón, además de por un catálogo de plantas vasculares entre las que se encuentran bastantes de uso medicinal. En la sierra la oscilación termométrica es feroz, pudiendo registrarse temperaturas de hasta -15ºC en los días más crudos del invierno y hasta 45ºC en los más tórridos del verano. La fauna del lugar incluye jabalíes y zorros (antaño hubo lobos, hoy desaparecidos) y aves como águilas de diversas familias (real, culebrera o calzada), cernícalos, palomas silvestres, abejarucos, collalbas, alondras, calandrias o cogujadas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Vista de la Sierra de Alcubierre, una muralla montañosa rodeada por el desierto monegrino. Fotografía de Eduardo Serrano

En este territorio inclemente se encuentra un lugar realmente singular: un eremitorio de verdad, aún en uso. «¿Hace falta una cueva?», se planteaban en Cave in the Snow, el libro que relata la peripecia vital de Tenzin Palmo, una reputada maestra mahayana de origen británico que se ordenó monja budista en 1964. Tenzin Palmo pasó doce años como ermitaña en una cueva del Himalaya y se le preguntaba si era necesaria la experiencia del eremitorio para profundizar en una vía espiritual o cultivar la vida interior. «La ventaja de irte a una cueva es que te ofrece tiempo y espacio para concentrarte totalmente», señalaba la religiosa. «Las prácticas contemplativas son complicadas y contienen visualizaciones detalladas. Las prácticas yóguicas internas y los mantras también requieren tiempo y aislamiento y eso no se puede conseguir en medio de una ciudad. Retirarse da la oportunidad de que la comida se cueza. El eremitorio es como una olla a presión: todo se cuece mucho antes. Por eso se suele recomendar. Puede resultar de ayuda, incluso, realizar un retiro durante periodos cortos. A muchas personas les sería de gran ayuda disponer de un tiempo de silencio y soledad para realizar una instrospección y descubrir quiénes son de verdad, cuando no están ocupados desempeñando papeles sociales o familiares. Es muy saludable tener la oportunidad de estar solo con uno mismo y ver quién se es en realidad tras todas esas máscaras». De la misma opinión era David Alvear Morón, autor de un interesante estudio sobre el movimiento de los Padres del Desierto, los fundadores del eremitismo cristiano. «Para superar las pasiones y tomar conciencia de los mecanismos psicológicos automatizados, una opción sumamente útil podía ser la de retirarse a una celda en el desierto. Al sumergirse en semejante quietud, los pensamientos, emociones y patrones corporales que acompañan a dichos mecanismos automatizados emergen con fuerza, pudiéndose observar sin los autoengaños ni los estímulos distractores de los que se encuentran plagadas las zonas habitadas». Montaña y desierto han sido desde siempre los espacios preferentes de la aventura eremítica, esos lugares de soledad inhóspita donde el contemplativo, como decía san Juan de la Cruz, puede «no sufrir compañía», salvo quizá la de algún otro compañero de camino. Para una sociedad que «no comprende o desprecia el valor del retiro, del silencio y del sacrificio ascético», que ha perdido «el sentido de lo sagrado, de lo sublime y ha dado la espalda al espíritu» –como se lee en el prólogo de Psicología del Desiertola montaña y el desierto de los eremitas son exotismos temporal y geográficamente lejanos. Cosas de tierras remotas; o cosas de tiempos pasados.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

San Caprasio (Sierra de Alcubierre), mirando al desierto de Monegros, con las cuevas primitivas al fondo. Fotografía de Eduardo Serrano

Y sin embargo, San Caprasio –a la vez montaña y desierto– es un lugar apartado, pero no remoto: está a apenas 50 kilómetros de Zaragoza, la quinta ciudad más grande de España. Tampoco es un lugar del pasado: es un eremitorio del siglo XX que todavía se sigue usando como tal y cuya razón de ser fue servir de «olla a presión» para la interiorización, el autoconocimiento y la experiencia de lo numinoso arriba descritas. Su historia como espacio contemplativo empezó en 1956 cuando los Hermanos de Jesús, la orden fundada por el vizconde Charles de Foucault, tuvo que huir de Argelia ante la persecución del fundamentalismo islámico, que se había sustanciado ya con el asesinato de varios monjes. El viaje de regreso a Francia fue por mar desde Argelia hasta España y, una vez en nuestro país, por carretera. Al cruzar las tierras de Monegros el prior y otro monje se percataron de cuánto se parecía el desierto aragonés a aquel que acababan de abandonar. Así que solicitaron los permisos eclesiásticos pertinentes y recorrieron la comarca con un sacerdote de la zona en busca de una nueva sede para el noviciado internacional de su orden. Hallaron el lugar que buscaban en la localidad de Farlete, en cuyos aledaños, junto a la pista que sube a la Sierra de Alcubierre, se encontraba Nuestra Señora de la Sabina, un santuario del siglo XVIII. La construcción, de tamaño bastante grande, era perfecta para acoger la nueva casa de los novicios de la orden. Y había un atractivo añadido. Nueve kilómetros de camino por un terreno seco y duro al principio, boscoso después, llevaban desde el santuario de Nuestra Señora de la Sabina al pico de San Caprasio, donde moró un legendario eremita que adoptó ese nombre porque era pastor de cabras. Arrancando desde allí se bajaba por un sendero colgado sobre el precipicio hasta un conjunto de grutas, abiertas en la cara de la sierra que miraba al desierto, desde las que se divisaba un paisaje tan desnudo como imponente para una mirada contemplativa.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Iglesia del Eremitorio de San Caprasio. Cueva de la Salud. Fotografía de Eduardo Serrano

Las cuevas habían sido durante siglos refugio de pastores y guarida de bandidos, pero los monjes quedaron sorprendidos por la fuerza telúrica de aquellos espacios. No podía haber mejor lugar para que los novicios hicieran la experiencia del desierto, central en el carisma de la orden de los Hermanos de Jesús. Así que decidieron de inmediato convertir aquello en un eremitorio, en un espacio consagrado, con su iglesia, su refectorio y, diseminadas por los precipicios yesosos, varias celdas individuales para retirantes. La iglesia se encuentra en la cueva de la Salud, la más grande, y fue construida por los quince primeros novicios de la orden que llegaron a Farlete. La convirtieron en una larga sala, entibada por robustos troncos a la manera de las galerías de las minas, que terminaba en una cabecera de forma absidial. A los lados, unos bancos corridos de piedra dejaban desnudo todo el espacio central para sentarse o tenderse sobre el suelo enlosado a orar y meditar. El trabajo de entibado fue dirigido por un novicio asiático, llegado desde las lejanas tierras de Corea, que había sido minero en su vida profana previa.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Cueva refectorio. Eremitorio de San Caprasio. Fotografía de Eduardo Serrano

En la cueva vecina a la de La Salud los Hermanos de Jesús construyeron el refectorio del eremitorio. El centro del mismo está ocupado por una gran mesa octogonal rodeada por una bancada de madera usada para las comidas de los monjes. Toda la pared de la cueva, salvo un pequeño tramo con una mesa-repisa para dejar los platos que se iban a consumir, está recorrida por bancos de piedra que se usaban para dormir o descansar. La cueva tiene un espacio diáfano que hacía las veces de cocina y despensa y en donde aún se pueden ver las estanterías de madera utilizadas por los monjes para guardar los alimentos y el menaje. Al lado del refectorio hay un par de cuevas más que fueron utilizadas para almacenar enseres y cobijar las cisternas de agua de boca del complejo eremítico. El gran problema para la estancia en estos parajes es la falta absoluta de agua para consumo humano, porque no hay ni una sola fuente, ni un solo manantial, en todo el entorno de San Caprasio. Por tanto, el agua debía ser traída desde los pueblos cercanos (Farlete o Alcubierre) y almacenada en cisternas.

Las cuevas de la iglesia y del refectorio están hoy abiertas, son fáciles de encontrar siguiendo las pistas que llevan hasta la cima de San Caprasio y se pueden visitar libremente. Las cuevas individuales de los retirantes, sin embargo, están más apartadas y cerradas al público. Hace años ya que los Hermanos de Jesús dejaron el Santuario de Nuestra Señora de la Sabina, cuando la orden decidió que los novicios hicieran su periodo de aprendizaje en sus países de origen y no en un noviciado internacional centralizado. En Farlete sólo quedan hoy tres miembros de la orden, dos monjes en ejercicio y uno secularizado y casado con una mujer de la zona. Son ellos los que se ocupan –más o menos– del mantenimiento del eremitorio y quienes custodian las llaves de las celdas de retirantes. A ellos hay que dirigirse si se desea pasar unos días de retiro en alguna de esas cuevas. Es recomendable hacer una visita previa si el retiro va a ser de varios días, porque a veces se necesita una desinsectación antes de entrar, especialmente si la cueva ha estado largo tiempo cerrada. Estas celdas de retiro están dedicadas a ilustres contemplativos de la tradición judeo-cristiana ligados al desierto, como el profeta Elías, Juan el Bautista o María Magdalena, más una dedicada a Santiago, el apóstol de EspañaTodas son cuevas, excepto la de María Magdalena, que es una pequeña cabaña de piedra empotrada bajo unos pinos retorcidos por los violentos vientos de la sierra. Una rudimentaria cisterna recoge de su tejado las escasas lluvias que caen en San Caprasio. El retirante tiene que administrar como si fuera oro el preciado tesoro del líquido elemento. No muy lejos de las ermitas de Elías y María Magdalena se encuentra la curiosa letrina para aguas mayores, un pedestre apoyo para los pies y las manos, de nalgas al vacío, que manda el material de desecho cortado abajo.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La Cueva de Elías y, un poco más abajo, la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de san Caprasio). Fotografías de Eduardo SerranoOLYMPUS DIGITAL CAMERA

Entrada de la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de San Caprasio). Fotografía de Eduardo SerranoOLYMPUS DIGITAL CAMERA

Interior de la Ermita de María Magdalena (Eremitorio de San Caprasio). Fotografía de Eduardo Serrano

A la Cueva de Santiago, la más grande de las celdas de retiro, se llega por un estrechísimo desfiladero colgado sobre el precipicio que parte desde la Cueva de Elías. El acceso no es apto para personas con vértigo, aunque a cambio del mal rato, el retirante que opte por esta cueva puede estar seguro de que allí sólo Dios (o sus demonios interiores) van a venir a visitarlo. La zona de retirantes es, sin duda, uno de los lugares más mágicos de San Caprasio.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Vista del estrecho desfiladero de acceso a la Cueva de Santiago, con la Cueva de Elías y la Ermita de María Magdalena al fondo, entre los pinos. (Eremitorio de San Caprasio). Fotografía de Eduardo SerranoOLYMPUS DIGITAL CAMERA

Cueva de Santiago (Eremitorio de San Caprasio). Fotografía de Eduardo Serrano

¿Es de verdad San Caprasio un espacio de silencio y de retiro hoy, todavía? La respuesta es sí, aunque no siempre. A finales de abril los vecinos de las localidades cercanas celebran una ruidosa romería. En primavera y en otoño, cuando las condiciones climáticas son menos agresivas, son frecuentes los excursionistas y los aficionados al ciclismo de montaña los fines de semana.  De modo que si se quiere pasar un día de contemplación y de silencio auténticos en las cuevas abiertas al público lo mejor es ir en un día laborable o en lo peor del verano o del invierno. Sea cual fuere la temperatura en el exterior, las cuevas suelen tener una temperatura constante durante casi todo el año que resulta fresca en verano y cálida en invierno.

Aquellos que quieren hacer un retiro de verdad suelen quedarse un fin de semana o tres o cuatro días en las celdas restringidas y muchos aprovechan para acompañarlo de un ayuno depurativo. Algunos hay que se atreven con periodos más largos hasta llegar, incluso, a los cuarenta días, imitando el relato evangélico de la estancia de Jesús en el desierto. Proveerse de agua de beber es absolutamente esencial en esos casos. Si se quiere tomar alimento cocinado, huelga decir que no se debe encender fuego. La sequedad de la zona, los vientos y la falta de agua elevan el riesgo de incendios, así que se debe ser muy prudente con cualquier cosa que accidentalmente pueda provocarlos. Las muchas horas de insolación hacen de San Caprasio un lugar perfecto para probar a cocinar con el sol.

Para terminar, una nota negativa. Fue el naturalista Carlos de Prada quien calificó en una ocasión al Hombre contemporáneo como un «violador de toda pureza, de toda virginidad», empezando por las suyas propias y siguiendo por las de todo cuanto toca, personas, naturaleza y espacios sagrados incluidos. Lamentablemente, una parte de los excursionistas que pasan por San Caprasio tiene un comportamiento irrespetuoso, incívico e, incluso, profanador. Esa violación parece ser el signo de los tiempos: basura y desperdicios en el refectorio; grafitis estúpidos u obscenos en las sagradas cuevas; gritos, parloteos banales y una superficialidad inconsciente en los lugares de contemplación… Entristece que algunas personas pasen de un modo tan poco fecundo por un espacio tan evocador y pensado para la transformación interior. Por eso, si usted es un visitante respetuoso, lleve bolsas de basura, una escoba e incluso una lata de pintura de cal y dedique unos minutos a dignificar el lugar si se lo encuentra mancillado. Es el mínimo agradecimiento que podemos mostrar por el don del silencio y la soledad contemplativos que nos regala San Caprasio.

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Todas las fotografías de Eduardo Serrano están sujetas en su reproducción a la siguiente licencia Creative Commons  licencia-cc

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BIBLIOGRAFÍA

ALVEAR MORÓN, David: Psicología del Desierto. Aproximación psico-personológica al movimiento subcultural de los Padres del Desierto, Mandala Ediciones, Madrid, 2009.

FUIXENCH NAVAL, José-María: Santuarios rupestres del Alto Aragón, Prames, Zaragoza, 2002.

GRESHAKE, Gisbert: Espiritualidad del Desierto, PPC, Madrid, 2018.

MACKENZIE, Vicki: Una cueva en la nieve. La búsqueda espiritual de Tenzin Palmo, RBA-Integral, Barcelona, 2000.

VARIOS: «Los Monegros», Geografía de AragónDiario 16 de Aragón, Zaragoza, 1989.

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