Carlos de Foucauld en el centenario de su muerte y el año de la misericordia

Desde que el fue asesinado en Tamanrasset el 1º de diciembre de 1916, ahora hace cien años, múltiples interpretaciones de su vida y de sus escritos se han generado. Su mensaje ha sido interpretado de muchas maneras. Si no hubiera salido de la Trapa, y si hubiera muerto en Akbés, asesinado en el momento de la gran masacre de los armenios por parte de los turcos, su mensaje sería sin duda de una unidad más evidente, pero vivió como “ermitaño” en Nazaret; “monje” casi de clausura en Beni-Abbés, y finalmente como “misionero aislado” en el Sahara, encarnado en el pueblo tuareg. Se trata de captar a todo el Foucauld, sin olvidar la etapa previa a su conversión como militar y explorador de Marruecos.

              Su camino místico comenzó con su conversión el año 1886, como fruto de investigaciones y caminos anteriores, instaurándose en Foucauld un amor apasionado hacia el Dios de Jesús, llegando a ser un “hombre que hace de la religión un amor”, como lo describió el padre Huvelin, su padre espiritual, poco después de su conversión. Al inicio sólo quería “vivir sólo para Dios”. Pero, poco a poco, meditando las escrituras, su amor apasionado por Jesús de Nazaret y sobre todo diversas circunstancias, harán que sobrepasara el horizonte inicial, que, como una cumbre, culmina en su escrito eremítico-monástico de la Regla de 1899.

             Cuando descubre que Jesús quiere compartir con todos su vida divina, se desarrolla un nuevo impulso: el amor apasionado por el prójimo, por los demás, y, especialmente, para aquellos que no tienen como él, que ha vivido la conversión, la atracción operada por Dios Amor. Después de quince años de vivir centrado sobre el Nazaret de una Santa Familia contemplativa, Foucauld deja este Nazaret para ir a anunciar “a las ovejas más abandonadas” ese Dios Amor, haciendo un Nazaret itinerante. A partir de 1901 y hasta su muerte, la voluntad de anunciar el Evangelio y de ser “salvador” con Jesús, llega a ser lo primordial para él. Esto ocurre en dos fases: en la primera están los siete primeros años marcados por Beni Abbés, donde tiene una dependencia importante de la regla monástica de 1899; en la segunda, a partir de 1908, con la edad de cincuenta años, da el paso decisivo más allá de su regla y de toda clausura: la salida fuera en misión. Los siete últimos años, los de la madurez de Foucauld, están radicalmente marcados por la evangelización.

1. Su motivación principal: Llevar la misericordia de Jesús a los más pobres.

El 29 de septiembre de 1900 el eterno viajero se encuentra de nuevo en el monasterio de Nuestra Señora de las Nieves (Francia), donde permanecerá un año, para realizar su retiro de diaconado y sacerdocio. Y es aquí donde toma conciencia de su misión:

Mis retiros me han revelado que aquella vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, no debía llevarla en Tierra Santa tan querida, sino entre las almas más enfermas, entre las ovejas más descuidadas… En mi juventud había recorrido Argelia y Marruecos. En Marruecos, grande como Francia entera, con diez millones de habitantes, no había un solo sacerdote en el interior; en el Sahara, con una extensión siete u ocho veces mayor que Francia y mucho más poblado de lo que se creía en otro tiempo, una docena de misioneros… Ningún pueblo me parecía más abandonado que éstos…

El hermano Carlos fue ordenado sacerdote el 9 de junio de 1901 por Monseñor Montéty, en presencia de Monseñor Bonnet, obispo de Viviers, diócesis en la que estaba incardinado. Después de la ordenación permaneció en el monasterio hasta que se realizaron los trámites para su marcha a África del Norte. El 14 de octubre recibe la autorización del gobernador de Orán y parte al día siguiente hacia esta ciudad, primero, y hacia el sur, después, pasando por Ain-Sefra en dirección a Beni Abbés, oasis de muchísimas palmeras. El hermano escoge este lugar por la cercanía con Marruecos, la tierra que tanto quería y que esperaba volver algún día.

Hay que recordar que el 24 de abril de 1885 en la sociedad de geografía de París se leía el informe Duveryrier sobre el Reconocimiento de Marruecos realizado por Carlos de Foucauld, al que se le otorgó la medalla de oro, con estas palabras:

En once meses, del 20 de junio de 1883 al 23 de mayo de 1884, un hombre solo, el vizconde de Foucauld, ha duplicado, por lo menos, la longitud de los itinerarios cuidadosamente trazados en Marruecos (ha explorado 3.000 kilómetros)… Comprenderán ustedes que realmente se abre una nueva era; y no se sabe que debemos admirar más: si esos resultados tan preciosos y tan útiles, o la dedicación, el valor y la abnegación ascética que han permitido a ese joven oficial francés llegar a obtenerlos.

La gran exploración de Marruecos realizada por Foucauld, disfrazado de judío y acompañando de Mardoqueo, su guía de viaje, cambió profundamente su vida. Nadie que conociese su pasado podía adivinar su tenacidad en proseguir su camino a pesar de los obstáculos de toda clase; su paciencia ante las injurias; su constancia en tomar diariamente notas y croquis, viajando en los intervalos de descanso, poniendo en peligro su propia vida; la rapidez en discernir las secretas disposiciones de espíritus tan distintos del suyo; semejante poder de voluntad en la soledad moral, un régimen tan austero, un trabajo tan constante, que revelan un gran dominio de sí mismo. Y también descubre a algunos musulmanes “viviendo constantemente en presencia de Dios”, lo que le dejó conturbado.

2. Siendo amigo de todos, “hermano universal”

El acceso a Dios, que es lo importante en toda acción misionera, se puede realizar de muchas maneras. Citemos las tres más importantes: a) a través de la belleza de la realidad, descubriendo el orden y la armonía; b) a través del amor desinteresado por el hermano, trabajando por la justicia y la paz; y, c) a través de la amistad, que es distinta de la caridad, ya que ésta es indiscriminada y se abre a todos los seres humanos, y, en cambio, la amistad implica preferencia por una persona determinada. De todos modos la amistad incluye un componente universal ya que se ama a un ser humano como se quisiese amar a toda la especie humana. En la auténtica amistad no debe haber ni dominio ni dependencia, como la imagen original y perfecta de la esencia de Dios, que tenemos en la Trinidad. Es lo que dice Jesús: “Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” (Jn 17, 21). Así, toda amistad auténtica, presidida por el afecto, pero preservada de la dominación y de la dependencia, es una experiencia espiritual donde Dios se hace presente, ya que es Él quien posibilita la proximidad de dos seres humanos sin que peligre la autonomía de cada uno. En este sentido, la amistad sostiene la vivencia espiritual.

          Carlos de Foucauld además de intentar durante toda su vida no hacer distinción de personas y ser “hermano universal”, vivió la experiencia de amistad también con aquellas personas a las que había sido enviado. Así, hay que señalar la especial relación que le unió con Moussa ag Amastane desde el primer momento de su encuentro en junio de 1905. Gracias a éste, Foucauld pudo instalarse en Tamanraset. Moussa es el único tuareg que ha expresado en diferentes cartas sus sentimientos sobre el marabú Carlos de Foucauld. En una de estas, enviada después de la muerte del hermano Carlos, a su hermana la Sra. de Blic, como se puede leer en el libro de R. BAZIN, Charles de Foucauld Explorateur du Maroc Ermite au Sahara, París 1921, 466, dice:

Desde que me he enterado de la muerte de nuestro amigo Carlos, su hermano, mis ojos están cerrados, todo está oscuro para mí y he llorado. He llorado mucho y estoy de duelo riguroso. Su muerte me ha dado mucha pena… Carlos, el marabú, no está muerto solamente para vosotros, ha muerto también para nosotros. Que Dios le de misericordia y nos podamos reunir en el paraíso.

Carlos de Foucauld, el año 1910, en una carta al padre Laurain escribe:

Algunas visitas sinceras entre las capas más diversas de esta población, algunos me tienen mucha confianza, y con otros, si bien no tengo comunicación íntima, si hay relaciones amistosas. Esto es significativo, dada la extensa distancia que existe entre esta nación y nosotros. (Lettre au père Laurain, 27.11.1910).

              El hermano Carlos también conoce y tiene relación de amistad con otros tuareg, como le dice a su amigo Garnier en 1913 (Lettre à Garnier 23.02.1913, Archivos de la Postulación):

He aquí, como mínimo, cuatro ‘amigos’ en los que puedo confiar del todo. ¿Cómo nos hemos hecho amigos?, de la misma manera que surge la amistad entre nosotros. No les he hecho ningún regalo, pero han comprendido que tienen en mí un amigo fiel, que me entregaba a ellos. Los que trato aquí como buenos y verdaderos amigos son: Ureg ag Uksem, jefe de los Dag-Ghali, su hermano Abahag Chikat ag Mohamed, un hombre de sesenta y seis años que no sale mucho, y el hijo de este último: Uksem ag Chikat (que yo llamo mi hijo). Hay otros con los que tengo simpatía, pero con estos puedo contar para muchas cosas. A estos cuatro les puedo pedir cualquier cosa, información o servicio y estoy seguro que harán todo lo posible por conseguirlo.

En 1904 trató de llegar a ser hermano de todas aquellas personas que no podían entender su deseo de fraternidad. Pasado el tiempo, su enfermedad de 1908 fue crucial para su “segunda conversión”, pues era incapaz de hacer nada y se pudo recuperar gracias a la ayuda de los tuareg, que, debido a la gran sequía, se tenían que desplazar muy lejos en busca de leche para sanar al marabu. Así, poco a poco se fueron creando vínculos entre ellos, convirtiéndose algunos en amigos.

Según la opinión del hermano Antoine Chatelard, sucesor de Foucauld en Tamanrasset, Foucauld podía desear ser hermano de todos, pero no podía ser el amigo de todos, como lo expresa en una carta a su amigo Henry de Castries:

Pasé todo el año 1912 en este poblado de Tamanrasset. Los tuareg son para mí, una compañía muy consoladora, no puedo dejar de decir lo buenos que son conmigo y como he encontrado también en ellos personas rectas. Uno o dos de ellos son amigos de verdad, una cosa tan extraña y preciosa en todas partes. (Lettres à Henry de Castries, Grasset, París 1938, 8. 01. 1913, 196)

  Y el 18 de diciembre dice en una carta a su prima: “Mis vecinos tuareg siguen siendo muy buenos conmigo, y por parte de los familiares de Uksem, me muestran mucho afecto y una gran confianza” (Lettres à Mme de Bondy, DDB, París 1966, 225).

  La amistad pide reciprocidad y tiene grados. Se van produciendo fuertes vínculos entre él y quienes lo acogieron. Al padre Voillard, en la carta del 12 de julio de 1912, le dice:

La confianza que me conceden los tuareg del poblado es cada vez más grande. Las amistades se vuelven más íntimas, y las nuevas amistades que se forman, también lo son. Intento prestar el máximo servicio. (CH. DE FOUCAULD, Correspondances sahariennes, París, Cerf 1998, 863).

Ahora bien, tanto sus amigos musulmanes, como los ateos o agnósticos, como por ejemplo sus grandes amigos Gabriel Tourdes y Henry Laperrine, o sus amigos judíos y protestantes de Francia, que visitó con el joven Uksem, todos forman parte de la misma relación de hospitalidad y de amor fraternal. Todos estos hombres y mujeres, muchos amigos de juventud, amigos del Sahara, tanto tuareg como franceses, musulmanes o cristianos, creyentes o no, todos los que contaba entre sus amigos, ejercieron en él, una influencia que dio forma a la evolución de su pensamiento y a su comportamiento humano, así como su fe y sus prácticas religiosas. Gracias a ellos y sin que lo notase se dejó humanizar, como se dejó moldear y convertir. Remarcable reciprocidad para aquel que al inicio, sólo pensaba en dar y en convertir! Foucauld da testimonio en medio de la lucha, de la violencia y de la desconfianza, que otro tipo de relación es posible y que la debemos realizar en el respeto, la aceptación y el amor. Incluso superó, en términos de actitud y relación, sus propias posiciones teóricas sobre el Islam. Su relación con el Islam no es tanto el descubrimiento de otra religión, que ya la conocía, si no el encontrarse con hombres y mujeres concretos, donde deposita toda su energía por entender y hablar su lenguaje y poder comprender su cultura.

3. Practicando el apostolado de la bondad

Cuando Foucauld le dice a en una carta a su amigo Joseph Hours que quizá tendrán que pasar siglos, como queriendo indicar “largo tiempo”, para que brote la fe cristiana en los ambientes donde él se encuentra, hay que recordar lo que le expuso a sobre “los medios a emplear para la evangelización” en su carta del 25 de noviembre de 1911: “Lo primero preparar el terreno en silencio por la bondad”. Los términos “preparar el terreno” y la “bondad” están en dialéctica: la bondad es silenciosa y el silencio es una paciencia que manifiesta la bondad, es decir, la voluntad de respectar al otro, de no intervenir con violencia contra su voluntad. Se trata de una bondad sin “ideología”, que es el punto más alto al que puede llegar el espíritu humano. Una bondad que crea la fraternidad, una bondad que puede existir evangelizando si no se reduce a una instrumentalización para conseguir conversiones, si no es una ideología disfrazada, pues la bondad como la no-violencia pueden ser ideologías. Foucauld no va tras el bien ni el triunfo de una causa, practica la bondad.

              El padre Huvelin había invitado especialmente a Foucauld a la evangelización por la bondad. Veamos lo que dice en su carnet, que escribió en Tamanrasset en una página que lleva por título: “Lo que me ha dicho el padre Huvelin en mi viaje a Francia en 1909”:

 Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome se deben decir: ‘Si este hombre es bueno, su religión debe ser buena’. Si se me pregunta por qué soy dulce y bueno, debo decir: ‘Porque soy el servidor de alguien más bueno que yo. Si supieses como es de bueno mi Maestro JESÜS!’ Quisiera ser tan bueno que se pueda decir: ¿Si así es el servidor, cómo debe ser el Maestro?

            Palabras que Foucauld entendía bien pues el padre Huvelin y su prima María de Bondy habían actuado con la misma bondad silenciosa con él antes de su conversión: podía dar testimonio de que había sido esta mediación la que le había conducido a Dios.

         El secreto de la vida del hermano Carlos estaba en la celebración de la Eucaristía y en su adoración prolongada. En una carta dirigida al padre Guerin, con fecha del 2 de abril de 1906, da a entender que tendrá que separarse de Pablo, el antiguo esclavo rescatado de Beni-Abbés y que había traído con él al Hoggar, por su comportamiento moral. Lo que le preocupa también es que no podrá celebrar la Eucaristía al no haber nadie con él, cosa imprescindible en aquellos momentos eclesiales y de no ser así, se requería permiso. Concluye la carta con estas palabras: “Mi alma se halla en paz absoluta. Estoy lleno de miserias, pero sin nada grave que me atormente. Soy feliz y estoy tranquilo a los pies del Bien Amado.

4. Estudiando su lengua y sus costumbres

El 5 de julio el hermano Carlos parte hacia el Asekrem, donde vive en una choza, a 2900 metros de altura. Va a buscar allá arriba, con el frío y la tormenta, las almas de las que se ha hecho el pastor. La sequía ha alejado a los tuareg de las mesetas del Hoggar, induciéndoles a ir a acampar en los valles de la Koudiat, donde hay un poco de pasto verde para los rebaños. Allí hay, por algún tiempo, gran cantidad de nómadas de diversas tribus, que intentan superar el hambre.

Se precisan tres días por lo menos para llegar al Asekrem, meseta rodeada por un paisaje fantástico de cumbres, picos, mesas gigantes y pórticos esculpidos por la naturaleza en las cumbres de las montañas de menor altura. Al norte y al sur nada detiene la vista. Recuerda las primeras edades de la tierra. Los grandes ríos saharianos, secos en la actualidad, se deslizaron por sus flancos. Por todas partes pueden advertirse las huellas de los lechos que abrieron y que siguen, unos hacia la laguna Taoudeni, otros hacia el Atlántico y otros en dirección al Níger, como el río sin agua Tamanrasset.

Carlos de Foucauld gustaba de aquella soledad y lo expresaba así:

 Es un hermoso lugar para adorar al Creador. Tengo la ventaja de tener muchas almas a mí alrededor y de estar solo en mi cumbre… Esta dulzura de la soledad la he experimentado en todas las edades, desde los veinte años, cada vez que he podido disfrutar de ella. Aun sin ser cristiano, amaba la soledad frente a la hermosa naturaleza, con algunos libros; con mayor motivo debo apreciarla cuando el mundo invisible y tan dulce hace que, en la soledad, uno no se sienta nunca solo. El alma no está hecha para el ruido, sino para el recogimiento, y la vida debe ser una preparación para el cielo, no sólo mediante las obras meritorias sino también por la paz y el recogimiento en Dios. Pero el ser humano se ha lanzado en discusiones infinitas: la poca felicidad que encuentra en el ruido bastaría para demostrar cuán lejos le aparta de su vocación.

En el Asekrem, lo mismo que en Tamanrasset, había elegido el lugar desde donde puede verse más. Su casa no era más que un corredor, construido con piedra y barro, tan estrecho que dos personas no podían pasar juntas. Pero en aquel pobre refugio había una capilla, además de libros, provisiones, etc. en cajones. Dormía en uno de estos que durante el día le servía de mesa. A su alrededor soplaba el viento, con ruido semejante al de la marea ascendente. El padre Huvelin le había mandado doscientos francos para ayudarle a construir la ermita, y le regaló el altarcito de la capilla.

Allí, más de una vez por semana, recibe la visita de familias tuareg, que suben de los innumerables valles escondidos en la Koudiat. Es una peregrinación y un viaje de placer a la vez. Vienen de lejos, a veces de una, dos y aún más jornadas de viaje. Por lo tanto es preciso descansar, cenar, pasar la noche… En una carta al padre Voillard, del 6 de diciembre de 1911, el hermano Carlos se expresa así:

 Una o dos comidas tomadas en común, un día entero o medio día pasado juntos, relacionan más estrechamente que un gran número de visitas de media hora o de una hora, como en Tamanrasset. Algunas de estas familias son relativamente buenas, tan buenas como pueden serlo sin el cristianismo. Estas almas se guían por las luces naturales; aunque de fe musulmana, son muy ignorantes del Islam y no han sido muy mimadas por él. Por este lado, la obra que se hace aquí es muy buena. Por último, mi presencia es motivo para que los oficiales vengan al corazón mismo del país.

El resto del día el hermano Carlos reza o trabaja. Vive con él un informante tuareg, a quien da veinticinco céntimos por hora por el trabajo lingüístico. El enorme trabajo que se realiza, la austeridad de vida y el frío de la llegada del invierno, hacen que a principios de diciembre regresen a Tamanrasset, donde lleva la vida habitual, y donde se entera de la guerra existente entre los italianos y los árabes de Tripolitania. Sus amigos se sienten inquietos por la repercusión que aquella guerra puede tener en el Sahara. Contesta a uno de ellos: “Tranquilízate, el Sahara es grande; indudablemente los turcos hacen todo lo posible por predicar la guerra santa entre las tribus árabes de Tripolitania, pero eso no nos afecta. Los tuareg, que son tibios musulmanes, sienten la misma indiferencia por la guerra santa, que los turcos y los italianos. Todo eso les tiene sin cuidado; lo único que les interesa son sus ganados, los pastos y las cosechas.

5. Ayudando en la promoción integral de sus amigos

En cada una de las páginas de la voluminosa correspondencia del ermitaño de Tamanrasset se advierte preocupación por intentar los mejores medios humanos para elevar a aquel pueblo. Para él la civilización “consiste en estas dos cosas: instrucción y dulzura”. Se interesa por todo aquello que pueda ayudar a proteger a los niños, liberar a los esclavos, instruir a los ignorantes y establecer a los nómadas en lugares fijos. Por esto se regocija de la próxima llegada de un comité compuesto de ingenieros, oficiales y geólogos, encargado de estudiar el trazado definitivo del ferrocarril transahariano, y de la noticia de que Marrucecos ha pasado a ser protectorado de Francia. Pero en la contestación de una carta ya apunta lo siguiente: “Si no cumplimos con nuestro deber, si explotamos en vez de civilizar, lo perderemos todo y la unión que hemos hecho con este pueblo se volverá contra nosotros.

Llevado por su afán de civilizar, como él lo concibe, proyecta un viaje a Francia acompañado por un joven tuareg. Para esto comienza a preparar a la señora de Blic y a sus primos de Francia, para que reciban a ese visitante vestido con una túnica y que lleva los cabellos trenzados y las mejillas cubiertas con un velo azul. Pero antes de iniciar aquel viaje, el candidato se ve precisado a salir con la caravana integrada por casi todos los hombres válidos del país, para ir en busca de mijo a Damergou.

Tanto la primavera, como las demás estaciones del año, encuentran al hermano Carlos en su ermita trabajando con sus manuscritos y libros. Termina el diccionario y se lo manda a Renato Basset para que lo publique “bajo el nombre de nuestro común amigo, el señor de Motylinski.

6. Siendo un Evangelio vivo

En el artículo XXVIII del Directorio Foucauld repite una y otra vez que los hermanos y las hermanas tienen que ser”una predicación viva (…), un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, y especialmente las infieles, deben, sin libros y sin palabras, conocer el Evangelio viéndoles vivir su vida”. Su pasión por anunciar el Evangelio, el querer “la salvación de las almas”, no le hacen fanático, al contrario, es consciente de que los caminos de los corazones humanos son impenetrables, y que se trata de respetarlos. Foucauld sabe bien, por ejemplo, que Moussa Ag Amastan es un “piadoso musulmán y que no es cuestión de usar ante él ningún método misionero o proselitista, ni presionarlo para convencerlo a toda costa. En una carta del 1º de enero de 1914, agradece a su prima el que rece por Ouksem: “él, su padre, su abuelo, su madre y otros, son almas de buena voluntad, y dejar de creer en lo que siempre se ha creído, en lo que siempre se ha visto creer a su alrededor, lo que creen aquellas personas a quienes ama y respeta, es difícil”. Las dos últimas palabras de su carta: “Recemos y esperemos” resumen perfectamente su pensamiento de una esperanza inquebrantable.

En una carta a R. Bazin, del 29 de julio de1916, Foucauld se ve como “un misionero aislado”, pues a diferencia de los misioneros que trabajan juntos y realizan un ministerio tradicional, él es uno de eso misioneros “muy raros”: “los misioneros aislados” ¿Cuál es la naturaleza de este aislamiento? Una “soledad en medio de poblaciones muy desimanadas y más aún alejadas de espíritu y de corazón” del cristianismo. El estatus del misionero aislado es el de “desbrozador”, como cuando, treinta y cinco años atrás, lo ralizó en su “reconocimiento de Marruecos”, tomando realmente el “oficio de desbrozador”. Y, a continuación expresa su deseo fundamental: “Hay muy pocos misioneros aislados haciendo el oficio de desbrozador; quisiera que hubiera muchísimos” ¿Quiénes serían estos? Y vemos que nombra como misioneros de este tipo, tanto laicos como sacerdotes; quisiera que todo sacerdote que se encuentre en las colonias forme sus parroquias del futuro con “misioneros aislados”. El deseo más ardiente de Foucauld es la multiplicación de “desbrozadores”.

En una comunicación que hizo Foucauld en enero de 1903 para el Congreso de los sacerdotes-Apóstoles de Montmatre, comunicación que hace relación con Marruecos, donde espera establecerse como “Hermanito del Sagrado Corazón”, es decir como monje contemplativo dado también a la caridad, habla del “primer surco” que hay que cruzar antes de enviar misioneros predicadores; así, para efectuar esta tarea, ve la necesidad de una congregación de vida contemplativa y de caridad: los Hermanitos del Sagrado Corazón serían de este tipo, pero estamos todavía en el primer modelo de “Nazaret”: una vida de oración y de proximidad fraterna. Ahora, en 1916, no se trata de contemplativos, sino de “misioneros” como tales, en vanguardia, “aislados”, haciendo el “oficio de desbrozadores”. Hay que “desbrozar la tierra antes de sembrarla”, escribe el 11 de diciembre de 1912 a su amigo Fitz-James; y habiendo precisado que para él. “desbrozar” significa: “tomar contacto, hacerse querer, inspirar estima, confianza, amistad”.

7. El germen de un cambio: los últimos años de su vida

Hasta principios de 1908, tiene para él el estatuto de monje-en país-de-misión, como puede verse en la carta que escribe a su cuñado Raymond de Clic: “Continuo monje, en país de misión, monje-misionero, pero no misionero”. Y señala como signo evidente de este estado monástico: “Me vienen a ver, yo no voy a ver a nadie. Estoy en mi clausura”.

          Pero un lento trabajo interior ha empezado a trabajarle desde 1907: para él la idea de ermita, de monje, de clausura ha sido modificada. En este año viaja durante muchos meses, en Argelia, visita las misiones de los padres Blancos; y a su vuelta a Tamanrasset, en julio de 1907, es consciente de que hay que dar un paso más. El choque que ha experimentado lo expresa en su carta del 1º de junio de 1908 a Mons. Guerin:

 Pienso mucho, mucho en los tuaregs… Y, al mismo tiempo, es en todo el Sahara en quien pienso. Es evidente que usted no puede hacer nada si no encuentra el medio de multiplicar y agilizar sus instrumentos, de manera que pueda tener, por un lado, muchos más obreros, y, por otro, obreros que escapen a las trabas que ponen los que ahora tiene.

 Este choque le ha provocado un auténtico cambio. Dice además en la misma carta:

 El pensamiento de una especie de tercera orden que tenga por finalidad la conversión de los infieles me ha venido a la cabeza este último septiembre durante mi retiro. Después me ha venido reiteradas veces.

Y añade:

Conversión que es en el momento presente un deber estricto para los pueblos cristianos en los que la situación ha cambiado totalmente en relación a los infieles: por un lado, los infieles están casi todos sujetos a los cristianos; por otro, la rapidez de las comunicaciones y la explotación del mundo entero dan un acceso bastante rápido a todas partes; de estos dos hechos se deriva un deber muy estricto, especialmente los pueblos que tienen colonias: el de cristianizar. Haría falta, no en todas partes, sino en países que tienen dificultades especiales como las que usted tiene, misioneros al estilo de Santa Priscila de los dos sexos, ya sea que se les rebusque por aquí o por allá, sea que se les agrupe para darles una preparación común antes de enviarlos; parece que se les podría rebuscar aquí o allá y que podríamos encontrar donde ‘probarlos’ y ‘prepararlos’. Usted conoce mi deseo antiguo de ser misionero al estilo de Sta. Priscila.

          Esta evolución se percibe muy bien en el retiro que hizo en septiembre de 1907: “viviendo entre los pueblos infieles más abandonados”, y añade, “hacer todos los actos útiles” para la evangelización de los infieles, no estando solamente “entre ellos”. Esto le llevará a concretizar en la redacción de los estatutos de una cofradía y el deseo ve viajar a Francia para que el padre Huvelin y Mons. Bonnet den validez a su proyecto.

Este cambio le irá conduciendo poco a poco a una nueva concepción de su vida. A partir de 1913 Foucauld ya no se considera dependiendo del Reglamento de los Hermanitos del Sagrado Corazón de Jesús. Tiene un horario parecido, al de un sacerdote secular; ya no se somete a restricciones de alimentación y ayunos excesivos; ya no lleva el emblema del corazón y la cruz en su túnica; ya no firma más como “hermano Carlos de Foucauld”, sino “Carlos de Foucauld”. Para el horario, alimentación, vestidos, trabajo etc. Sigue sigue el Directorio de la Unión.          Se puede pues afirmar, pues, que a partir de 1913, y para los tres últimos años de su vida, Foucauld no es más “un hermanito del Sagrado Corazón de Jesús”, sino uno de los miembros de “la Unión de Hermanos y Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús”. Ya no hay más clausura ni insignia para singularizarlo; es un hombre orientado hacia una vida de testigo del Evangelio en un medio que ha llegado a ser el suyo.

8. Misioneros en avanzadilla

El padre Peyriguère pudo realizar lo que n o pudo realizar Foucauld: instalarse en Marruecos y vivir treinta años hasta su muerte, el 26 de abril de 1959 en El Kbab, pequeño pueblo del Medio-Atlas marroquí y “experimentar la vida de monje misionero siguiendo la tendencia de la carta del 13 de mayo de 1911″, escribe el 27 de agosto de 1937 (A. Peyriguère, Laissez-vous saisir par le Christ, Seuil 1981, 106) Habla de su “vida de misonero”, el 27 de julio de 1945. “Intento poner a punto la espiritualidad misionera del Padre Foucauld”, 20 de septiembre de 1946. “Ha llegado el momento de sacar lo que tiene de profundamente original y muy adaptado a las necesidades del apostolado de hoy este mensaje tan rico” 4 de noviembre de 1947. “Su talla, en la Iglesia misionera, es una talla de gigante”, el 14 de abril de 1948. Así, podemos decir, que el pensamiento del padre Peyriguère es claro. Se trata de la Misión.

En el curso de su segundo viaje a Francia, Foucauld pasó un día en Notre-Dame des Neiges, el 20 de febrero de 1911, y fue invitado a dirigirse a los monjes. Algunos días después de su paso, el padre Antonin Audigier le escribió, por el o por otros, pidiéndole más precisiones sobre su vida en Tamanrasset. Foucaul le responde una larga carta para describir su vida y sus proyectos en el Sahara donde el lleva, como dice, una vida de “monje misionero”. Y marca este principio: “Establecimiento entre los pueblos infieles los más abandonados haciendo todo lo posible para su conversión”. Foucauld busca para la evangelización misioneros, ya sean monjes, sacerdotes, laicos, casados o solteros, es decir de todos los estados de vida. Y como escribe al padre Antonin que es monje, precisa que incluso pueden vivir como “ermitaños” o como “pequeños grupos de tres o cuatro”, pero “sin querer formar monasterios”, remarca él. En resumen lo que pide a todos es ser hombres y mujeres de oración, de relación con Dios, y, al mismo tiempo, imitando lo que hacía Jesús en Nazaret; ser hombres y mujeres que anuncien el Evangelio.

En el Sahara, estos “monjes misioneros” tienen que ser, a la manera de Foucauld, “como avanzadilla, hechos para preparar los caminos y ceder el lugar (…) hasta que el terreno esté desenredado”. Al mismo tiempo, otros, por ejemplo personas casadas, vivirían ellos también, a su manera, esta vida misionera de desenredadores. E incluso, ¿no había osado pensar en 1909, después de su encuentro con Mons. Bonnet, a fórmulas mixtas? “Sacerdotes misioneros, de incógnito, nadie conocería su cualidad de sacerdotes, serían un gran bien” escribió entonces. Seguramente que había pensado esto para dar la vuelta a la prohibición de las autoridades francesas de que haya sacerdotes predicando abiertamente contra el Islam; pero, al alba de este siglo, tenía un aspecto profético, como se puede ver en países totalitarios, sacerdotes secretos, ejerciendo un trabajo solitario; ¿No dijo Foucauld: “Pasaran inadvertidos bajo el aspecto de agricultores, comerciantes, sabios, etc.”? Se puede ver como el Nazaret de 1916 ha cambiado en relación al de 1901. El Nazaret de 1916 permanece, ciertamente, en una vida de oración, de trabajo, de fraternidad cotidiana, pero es una vida que se propone a los sacerdotes, laicos, religiosos, religiosas, casados o solteros, a todos: no está reservado para los “religiosos” y es fundamentalmente una vida de “desbrozamiento evangélico”, una vida misionera tal cual.

Así, Foucauld en 1916 se declara sin ninguna ambigüedad “misionero”. No es “un monje en misión especial”, sino un sacerdote secular que vive en país de misión y que ha llegado a ser plenamente “misionero”,desbrozador”, en “avanzadilla”, “misionero aislado” en medio de poblaciones no cristianas. Y él quisiera convencer al mayor número posible, a los bautizados, hombres y mujeres de todas clases a entrar en este camino; los desenredadores pueden ser tanto sacerdotes como laicos. Al laico que es Joseph Hours le dice el 28 de abril de 1916, una vez más, la necesidad que hay de “Priscila y Aquila”:

 Pido contigo a Dios Hagamos como Priscila y Aquila. Dirijámonos a todos aquellos que nos rodean, a los que conozcamos, a quien está cerca de nosotros; tomemos para cada uno los medios mejores, con uno la palabra, con otro el silencio, con todos el ejemplo, la bondad, el afecto fraterno.

Y cita al apóstol Pablo:

Hacernos todo a todos para ganar a todos para Jesús”

Carlos de Foucauld, el tuareg de Dios

Cada 1º de diciembre, aniversario de la muerte del padre Foucauld, los seguidores de su carisma nos reunimos para orar, dar gracias a Dios por el don del hermano Carlos y renovar nuestro compromiso de seguir la propuesta evangélica que él nos propone: Vivir Nazaret como la Sagrada Familia hoy.

Para intentar describir de una manera sucinta la vida de este “hermano universal” hecho tuareg, por los que dio su vida, sigo el librito de las Hermanitas de Jesús del padre Foucauld, titulado Hermano Carlos de Jesús,  en tres apartados: 1. Llamada; 2. Seguimiento; y, 3. Realización.
 
1. Llamada: Del nacimiento hasta Benni-Abbés (Argelia)
 
Carlos de Foucauld nació en Estrasburgo el 15 de septiembre de 1858 en el seno de una familia rica y cristiana. Desde los seis años conoce lo que es ser huérfano de padre y madre. Como consecuencia de esto tiene que ir a vivir con su abuelo, el coronel Morlet, que lo quiere con ternura. De él recibirá los dones de la simpatía y de la generosidad, el amor por su familia, el país y también el amor por el estudio, el silencio y la naturaleza.

Conoce el sufrimiento de la guerra de 1870 y la invasión de su ciudad. Con su familia se refugia en Nancy, donde prosigue sus estudios. Es allí donde, con gran fervor realiza su primera comunión. Le sostiene la fe de su familia, sobre todo de su abuelo y su prima María, a quien admira mucho.

En 1874 se matricula en Santa Genoveva de París para realizar su formación, viviendo en régimen de pensionado en los Jesuitas. Como quiere ser militar entra en la escuela de Saint Cyr. Son años de despreocupación. No trabaja, lleva una vida solitaria, pierde el tiempo, anda vagando, se entretiene con obras literarias y no encuentra sentido a la vida.

Con gran pesar, a los diecinueve años pierde a su abuelo, a quien admiraba mucho por su inteligencia y su ternura. Algo se rompe en él y su vida va a la deriva. De desesperación se abandona, se deja estar, va de fiesta en fiesta, derrochando la herencia de su abuelo. Su familia está muy triste.

Pese a todo, termina sus estudios en la escuela de Caballería de Saumur. Tiene veinte años y hace una carrera corta en el ejército, pues a los veinticuatro años renuncia a éste para ir a explorar Marruecos.

Para este viaje se prepara estudiando el árabe en Argel (Argelia) y aprende todo lo que debe utilizar para este proyecto. Se pone en contacto con el rabino Mardoqueo, que acepta guiarlo aparentando ser judío. Realiza una verdadera expedición científica con mucho éxito, y la Sociedad de Geografía de Francia le concede la medalla de oro.

Durante este viaje, Marruecos lo conquista. Le conmueve la acogida de la gente, su fe en Dios sin vergüenzas y su oración. Pero interiormente no se siente satisfecho. De regreso en París, comienza a entrar en la Iglesia donde pasa largas horas repitiendo esta oración: “Dios mío, si existes, haz que te conozca[1].

Su prima le aconseja ir a visitar al padre Huvelin, vicario de la parroquia de San Agustín, que resultó un encuentro decisivo en la vida de Foucauld. Éste le pedía lecciones de religión y Huvelin le hizo arrodillar y confesar, para después darle la comunión.

Unas palabras del padre Huvelin, pronunciadas durante uno de sus sermones, le impactaron: “Nuestro Señor, tomó de tal modo el último lugar, que nadie se lo puede quitar[2]. A partir de entonces tan sólo piensa en seguir a Jesús pobre.

Huvelin le aconseja una peregrinación a Tierra Santa, que le ayude a descubrir el rostro concreto de Jesús. Lo encuentra en Belén, en Jerusalén y en el Calvario. Pero en Nazaret toma conciencia de la importancia de la vida oculta de Jesús que vivió la mayor parte de su vida como un pobre artesano de pueblo. A partir de entonces, Nazaret permanecerá como una búsqueda constante de la imitación de Jesús que lo llevará siempre más lejos. En una carta a su amigo Henry de Casties afirma: “

Enseguida que creí que había un Dios, entendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él: mi vocación religiosa nace en el mismo momento que mi fe: Dios es tan grande. Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él…[3]

Como no se sentía hecho para imitar la vida pública de Jesús en la predicación, intenta imitar la vida escondida del humilde y pobre obrero de Nazaret. Por eso escogió la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Francia, donde entró el 15 de enero de 1890, tomando el nombre de María Alberico. Meses más tarde, al desear una vida más ruda, fue enviado a la Trapa de Akbés, en Siria. Allí se encuentra muy bien y ama el trabajo manual que le acerca a Jesús de Nazaret. Quienes le conocieron en este momento recuerdan que nunca negó ningún servicio.

Deja la Trapa en febrero de 1897. Empujado por la búsqueda apasionada por imitar a Jesús de Nazaret y animado por el padre Huvelin, se va a Tierra Santa y en el lugar donde Jesús vivió, intenta llevar una vida de oración y trabajo humilde. En  pocas palabras: una vida escondida.

Durante tres años fue servidor en el Monasterio de las Clarisas de Nazaret, viviendo pobremente en una cabaña. Allí pasó muchas horas de adoración silenciosa meditando las Escrituras.

Poco a poco va comprendiendo que amar a Jesús es entrar en su trabajo salvador y siguiéndolo, convertirse en hermano de todos, principalmente de aquellos que no conocen el Amor de Jesucristo.

Hasta ahora no había querido ser sacerdote, porque temía alejarse de la pobreza y del último lugar. Pero acepta ser ordenado a los cuarenta y tres años, para llevar a Jesús a los más abandonados.

¿Cómo va a vivir ahora la imitación de Jesús de Nazaret? En una carta escrita a Henry de Castries le dice: “No se trata, por ahora, de convento, mucho menos de predicación, ni de idas y venidas, sino de establecerme en un puesto francés del Sahara sin sacerdote, vivir allí sin título oficial de ninguna clase, como sacerdote libre, yendo cada día a la enfermería a consolar a los enfermos, llevarles los sacramentos, velarlos y enterrarlos cristianamente si mueren”[4].

Va al Sahara y se instala en Beni Abbés (Argelia), cerca de la frontera con Marruecos, país al que quiso tanto y en el que pensaba instalarse cuando las circunstancias fuesen propicias. En una carta a Monseñor Guerin cuenta como transcurren allí sus días: “Los pobres soldados vienen siempre a mí. Los esclavos llenan la casita que se les pudo construir. Los viajeros vienen derechos a la ‘Fraternidad’. Los pobres abundan… Todos los días hay huéspedes para comer, dormir, desayunar…[5].

Durante el año 1902 no cesa de denunciar ante las autoridades la injusticia de la esclavitud. En una carta al padre Martin afirma: “Hay que amar la justicia y odiar la iniquidad, y cuando el gobierno comete una gran injusticia contra aquellos que tenemos a nuestro cargo, hay que decírselo… no tenemos derecho a ser ‘centinelas dormidos’ o ‘perros mudos’ o ‘pastores indiferentes”.

 2. Seguimiento: Parte hacia el país tuareg del Hoggar en 1904
 
En junio de 1903, su amigo el coronel Laperrine, después de una batalla, le cuenta el hermoso testimonio de Tarichat Ouit Ibdakane, mujer tuareg que se opuso a que mataran a los soldados heridos, cuidándolos ella misma, haciendo que los repatriaran a Trípoli. Carlos de Foucauld, sorprendido por este gesto y pese a que le cuesta dejar Beni-Abbés, siente la llamada hacia los tuareg, que para él son los más abandonados. Parte hacia el Hoggar, sur de Argelia, el 13 de enero de 1904. Después de un largo viaje por el desierto, descubre a los tuaregs y es aceptado por Moussa Ag Amastane, jefe del Hoggar, instalándose en Tamanrasset, creciendo la amistad entre ambos a lo largo de los años.

Hace grandes recorridos conociendo a la gente en su vida y participando en ella. Aprende su idioma e inicia un gran trabajo lingüístico por respeto y amor a su cultura. Poco a poco el hermano Carlos transcribe los poemas que se cantan durante la noche alrededor del fuego, donde se transmite el alma del pueblo tuareg..

Mira a todos como hermanos, conviviendo con ellos y formando parte de su familia. De todas partes vienen a pedirle consejo. Comprende que sus amigos aspiren a tener mejores condiciones de vida y trata de ayudarlos. Durante la hambruna de 1906/1907, comparte todo lo que tiene y cae muy enfermo. Los tuaregs lo cuidan ofreciéndole un poco de leche de cabra, que tienen que ir a buscar muy lejos. A partir de ese cambio de situación, la amistad entre los tuaregs y el hermano Carlos se profundiza.

Quisiera, desde hace tiempo, fundar una familia religiosa, pero está sólo. En su diario de 1909 encontramos este texto: “Mi apostolado debe ser el apostolado de la bondad. Viéndome deben decirse: ‘Ya que este hombre es tan bueno, su religión debe ser buena’. Y si me preguntan por qué  soy manso y bueno, debo decir: ’porque soy el servidor de alguien que es más bueno que yo. Si supieran que bueno es mi maestro Jesús!… Quisiera ser bastante bueno para que se diga: si así es el servidor, ¿cómo debe ser el Maestro?”

El hermano Carlos va a Francia tres veces. Ve a su familia y constituye una especie de cofradía denominada Unión de hermanos y hermanas del Sagrado Corazón, que tenía   los siguientes objetivos, tal y como puede verse en el texto que Carlos de Foucauld nos dejó con el nombre de Consejos Espirituales (Directorio): 1. Vida evangélica imitando al ‘Modelo Único’; 2. Vida Eucarística, desarrollando el sentido del sacramento del amor; 3. Vida apostólica, por medio de la bondad en medio de los más necesitados.

3. Realización: Muerte violenta el 1º de diciembre de 1916
 
Las repercusiones de la primera guerra mundial llegan al Hoggar. La violencia y la inseguridad dominan esas regiones. Durante la mañana del 1º de diciembre de 1916 escribe a su prima: “Nuestro empequeñecimiento es el hecho más poderoso que tenemos para unirnos a Jesús y hacer bien a las almas”. Al atardecer del mismo día, durante una operación de los rebeldes senusitas, se deja agarrar sin resistir y lo matan al ver llegar a soldados franceses que traían el correo.

En contra de la propia voluntad del hermano Carlos, que quería ser enterrado en el Hoggar, algunos años después, el 18 de abril de 1929, sus restos, excepto el corazón que quedó en Tamanrasset depositado en un cofre, fueron trasladados a El Golea, a más de mil kilómetros de distancia, hacia el norte, y a 950 kilómetros de Argel. El lugar que acoge al ‘tuareg universal’ es austero, y se encuentra junto a la primera iglesia construida por los Padres Blancos en el Sahara.
 

[1] C. DE FOUCAULD, 
Écrits spirituels, París 1923, 80-82.

[2]
Ibid., 83

[3] C. DE FOUCAULD,
Carta a Henry de Castries, 14 de agosto de 1901

[4] C. DE FOUCAULD,
Carta a Henry de Castries, 11 de septiembre de 1901

 

[5] C. DE FOUCAULD,
Lettres à Monseigneur Guérin, 4 de febrero 1902.

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Reflexión de Santiago Agrelo sobre la canonización del Hermano Carlos

https://www.religiondigital.org/opinion/Santiago-Agrelo-Charles-Foucauld-Jesus-iglesia-religion-africa-hermanitos_0_2235376485.html

La esperábamos desde hace años. Ésta es la noticia: Hoy, 26 de mayo de 2020, el Santo Padre Francisco autorizó la promulgación del decreto relativo al milagro atribuido a la intercesión del beato Charles de Foucauld, sacerdote diocesano.

Eso significa que ya podemos decir: Charles de Foucauld, Santo.

Lo esperábamos, por lo que este reconocimiento significa para él, por lo que significa para su familia espiritual, para cuantos en Charles de Foucauld –en Carlos de Jesús- han encontrado una forma de vida, un ejemplo de búsqueda en el camino de la fe, un modo de entrega a Jesús por quien finalmente Charles fue encontrado.

Personalmente, lo esperaba por lo que Charles de Foucauld representa para la Iglesia que peregrina en el norte de África, Iglesia tantas veces señalada desde la arrogancia como insignificante, como incapaz de “alargar sus tiendas” para cobijar nuevos hijos, como Iglesia muda, como pobre Iglesia indigna de cualquier reconocimiento.

Charles de Foucauld iba delante de nosotros. En el corazón –en el suyo y en los nuestros-, los mismos huéspedes: la Trinidad Santa, Jesús el Señor, y un mundo de hermanos, una multitud de la que eran y son parte esencial los musulmanes. En la mente, las mismas preocupaciones, porque a nadie falte libertad, alegría y pan.

Hoy es un día de fiesta para el hermano Carlos, para su muy numerosa familia espiritual, para la Iglesia que sirve a Dios y a los pobres en el norte de África, y para mí que he tenido la dicha de compartir con esa Iglesia inquietudes, trabajos, esperanzas y gozos.

Hoy quiero encerrar en un abrazo a cuantos, mujeres y hombres, llevan asociado a su nombre ese apellido espiritual que es “de Jesús”.

Y con todos ellos quiero soñar para mañana un mundo que sea finalmente y dichosamente “de Jesús”.

27.05.2020 | Santiago Agrelo arzobispo emérito de Tánger

Viajeros en el Assekrem

Vista del Assekrem desde la ermita

A unos 80 km al nordeste de Tamanrasset se encuentra la meseta del Assekrem, un lugar de visita imprescindible ya que el paisaje es sencillamente espectacular. Todo el trayecto es pista y además bastante dura, con muchas piedras que hacen estragos en las ruedas de los vehículos. Para llegar hasta el Assekrem no hay alternativa de transporte público y sólo se puede llegar con vehículo propio o alquilado en alguna agencia de Tamanrasset. Por el camino hay algún dgelta o surtidor de agua, un buen lugar para detenerse a comer. El destino final es el refugio que hay sobre una de las montañas, a unos 2.600 metros de altura. Llegar hasta aquí desde Tamanrasset supone un mínimo de tres horas (en nuestro caso son 6 horas contando las paradas para comer y a causa de tres pinchazos en las ruedas).


Puesto que llegamos al refugio a las 17 h. y aún hace sol nuestra primera actividad aquí es subir a la ermita del Padre Foucauld, en el punto más alto del macizo a 2.780 metros. Desde el refugio hasta la ermita hay un camino de subida que debe hacerse a pie y que supone menos de 30 minutos. Esta ermita cristiana fue construida en 1910 por Charles de Foucauld, un monje francés que llegó al Hoggar a principios del s. XX, y que aún está activa porqué es mantenida por una orden religiosa.

La vista que se puede contemplar desde este punto es fantástica. Es igualmente obligado volver a subir a la ermita para ver la salida del sol, lo cual significa levantarse a las 5’30 de la mañana para estar en la ermita a las 6, antes de que salga el sol. El paisaje es lunar y da la impresión de que estamos en otro mundo.

Para dormir la única alternativa es el refugio. Es necesario llevar saco de dormir y también la comida. Se cierran las luces del refugio a las 23 horas. Las noches aquí son frías o muy frías, pero la vista del cielo estrellado que podemos disfrutar es única.

P.N. HOGGAR

Tras disfrutar intensamente de la salida del sol en el Assekrem, recogemos las cosas del refugio e iniciamos el regreso a Tamanrasset para poder ducharnos y seleccionar el equipaje mínimo para llevar a cabo una ruta de 4 días por la área del Tassili Hoggar, concretamente dentro del área del Parque Nacional Hoggar, una zona montañosa del Sahara Central compuesta por mesetas de roca granítica y basàltica.

Beato Carlos de Foucauld

Publicado el 2 diciembre 2011 por Equipo PreguntaSantoral

Fotografía de juventud del Beato.

Se llamaba Carlos Eugenio de Foucauld y nació en la Alsacia francesa, concretamente, en Estrasburgo el día 15 de septiembre del año 1858, siendo hijo de una familia ilustre, cuyo padre era el vizconde José Francisco Eduardo de Foucauld y su madre, Isabel Beaudet de Morlet; él también tenía el título de vizconde de Foucauld. Sus padres se habían casado tres años antes teniendo un hijo que murió recién nacido.
Calos Eugenio, con solo seis años de edad quedó huérfano, pues su madre murió el 13 de marzo de 1864, con solo 35 años de edad y el 9 de agosto del mismo año, murió su padre con cuarenta y cuatro años. El y su hermana Maria fueron confiados a su abuelo materno, el coronel Carlos Gabriel Beaudet de Morlet y bajo la tutela de su abuelo ingresó en la escuela diocesana de San Arbogasto y posteriormente, con solo diez años, en el Liceo de Estrasburgo.

La invasión alemana de septiembre de 1870 les obliga a dejar su casa y su ciudad, refugiándose el abuelo y sus nietos en la ciudad de Nancy donde el 28 de abril de 1872, recibió la primera comunión. Ya en ese acto mostró una especial piedad, acorde con la vida religiosa que se vivía en su familia, pero dos años más tarde, se alejó de la fe debido a la carencia de una buena formación filosófica y a la lectura de libros peligrosos, que no eran ejemplos de vida cristiana y que le facilitaban sus propios profesores.

Después de prepararse durante dos años en la Escuela de Santa Genoveva regida por los jesuitas, con dieciocho años, entró en la Escuela Especial Militar de Saint Cyr, pasando dos años de instrucción en caballería. Consiguió el grado de subteniente y fue enviado a la guarnición de Pont-à-Mousson (Francia) y posteriormente, en 1880, a Sétif (Argelia). En estos años de vida militar llevó una buena vida gracias a la herencia que le dejó su abuelo, que la había hecho a partir de la Revolución Francesa, por lo que en marzo de 1881 fue dado de baja por indisciplinado y por conducta inmoral, marchando con su amante a Évian. Pero ese mismo año reingresó otra vez voluntariamente en el ejército, incorporándose a una campaña contra un integrista musulmán llamado Bou-Amama, que fomentaba la guerra santa en el sur de Orán, en la frontera entre Argelia y Marruecos. En esas circunstancias conoció al teniente Enrique Lamperrine d’Hautpoul, que le sugirió establecerse en el macizo de Hoggar (Argelia) con un intérprete, el barón Colassanti, con el que colaboró en el estudio del “tifinagh” que era la lengua de los “tuaregs”. En esta campaña militar tuvo un comportamiento ejemplar.

El Beato junto a un anciano tuareg. Fotografía de 1904.

En el año 1882 dejó el ejército y se dedicó a estudiar el árabe en Argelia; haciéndose pasar por judío, durante dos años exploró Marruecos y al volver, recogió sus observaciones topográficas en una obra llamada “Reconnaissance au Maroc”, que fue premiada por la Sociedad Geográfica de París y que se reeditó en varias ocasiones por su indiscutible valor científico. Exploró también Argelia y parte de Túnez.

Pero en el año 1886 ocurrió lo que llamaríamos su conversión: la bizcondesa Maria Olivier de Bondy le recomendó la lectura de algunos libros religiosos y se puso bajo la dirección espiritual del sacerdote Enrique Huvelin, párroco de la de San Agustín de Paris. Arrepentido de la vida disoluta que hasta entonces había llevado, se dedicó a la penitencia y a la oración. Su vida dio un vuelco como un calcetín; el mismo lo cometa: “Como me creía como un dios, para mí estaba claro que no podía hacer otra cosa que vivir mi vida”. (Ver nota1)
Aconsejado por su director espiritual visitó Tierra Santa en el año 1888 y de vueltas a Francia, hizo cuatro veces los ejercicios espirituales para decidir cual sería en concreto su vocación y siendo propenso a la vida contemplativa, se decidió por la Trapa: el día 16 de enero del año 1889 fue recibido por el abad de la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves en Viviers vistiendo el hábito cisterciense y se hizo monje trapense tomando el nombre de Maria Alberico.

Como sabía árabe, fue enviado a la Trapa de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Abbès, en Siria y allí fue testigo de la masacre de cristianos armenios por parte de los musulmanes turcos. Allí inició sus estudios eclesiásticos aunque los terminó en el Colegio Romano.
El 14 de junio de 1896 redactó la “Regla de los ermitaños del Sagrado Corazón de Jesús” y en enero de 1897 fue dispensado de sus votos simples a fin de que pudiera ir a Tierra Santa para dedicarse a la oración y al trabajo con la misma humildad y pobreza en las que vivió la Sagrada Familia.
Llegó a Nazareth y fue admitido como criado y comisionario de las monjas clarisas, viviendo como ermitaño en una pequeña choza junto al convento. Allí, dedicaba la mayor parte de su tiempo a la contemplación, a la lectura de las Sagradas Escrituras y de las obras de los Santos Padres. Estaba particularmente interesado en los textos de San Juan Crisóstomos, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y en las encíclicas de León XIII.

El Beato junto a un esclavo argelino.

Posteriormente, desde el 4 de octubre de 1898 al 20 de febrero de 1899, vivió en una casita adosada al muro del convento de las clarisas en Jerusalén; allí escribe “Las Constituciones de los Pequeños Hermanos de Jesús”, con un reglamento que reelaborará años más tarde previendo la fundación de una rama femenina. Volvió nuevamente a Nazareth tras renunciar a establecerse en el monte de las Bienaventuranzas y allí escribió sus meditaciones, entre ellas la célebre “Oración del abandono”.

Dejó Tierra Santa el 1 de agosto de 1900 y, pasando por Roma, fue a la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Francia a fin de prepararse para el sacerdocio, cosa que decidió tras dedicar en Tierra Santa muchísimas horas a la contemplación de la Eucaristía y decidir que había que llevar el Sacramento a las tierras donde no era conocido.
Preparado ya, el obispo de Viviers lo ordenó de sacerdote en la capilla del Seminario, el día 9 de junio del año 1901 y de acuerdo con el prefecto apostólico del Sahara, se estableció en Béni-Abbès en la frontera entre Argelia y Marruecos. Su intención, como escribió a su prima, la señora de Bondy el día 9 de septiembre del 1901, era “hacer el mayor bien posible a los numerosos y abandonados pueblos musulmanes, llevándoles a Jesús en el Santísimo Sacramento”.

El día 3 de mayo del año 1905, invitado por el general Laperrini y estimulado por el prefecto apostólico del Sahara, fue a las montañas de Hoggar, en el desierto argelino y el 13 de agosto a Tamanrasset donde construyó una pequeña ermita. Con posterioridad construiría otra en Aschrem, en una de las cimas del Hoggar. Allí, con la ayuda del barón Colassanti-Motylinski y con la intención de evangelizar a los tuaregs, se volvió a dedicar a perfeccionar el conocimiento de su lengua, redactando diversas obras de lingüística y de etnología, entre ellas, un diccionario tuareg-francés.
Sin embargo, compaginaba este importante trabajo científico y diversos viajes que realizó a Francia, con una intensa vida de oración y de beneficencia a favor de los tuaregs.

Fotografía del Beato junto a dos esclavos que liberó.

Durante la Primera Guerra Mundial, se mostró especialmente vigilante en la protección de estas poblaciones nómadas, amenazadas por las bandas de los bandidos “rezzou” que provenían principalmente de territorio libio. Aunque algunos intentaron tergiversar su misión diciendo que era un colonialista o un espía francés, su único objetivo en el Sahara era la evangelización de los militares, de las tribus locales y de los tuaregs.
Como consecuencia del ambiente criminal que se había extendido por el Sahara, el 1 de diciembre del año 1916 fue asesinado en la puerta de su ermita en el curso de un ataque de forajidos a Tamanrasset. El lo había presentido: “Creo necesario morir como mártir, despojado de todo, tendido en el suelo, desnudo, cubierto de heridas y de sangre, de forma violenta y con una muerte dolorosa”.

Su causa de beatificación la inició en el año 1927, el prefecto apostólico de Ghardaia, pero como sus escritos eran muy numerosos y fueron examinados con lupa y además el proceso se interrumpió durante la guerra con Argelia, no se aprobó hasta el 1 de junio de 1968, así que la Causa se introdujo en Roma el 13 de abril de 1978.
Parte de sus escritos originales pertenecientes al archivo de la causa de beatificación, son actualmente propiedad de la diócesis de Laghouat y están depositados en el archivo de la Conferencia Episcopal Francesa.
El Beato Juan Pablo II lo declaró venerable el día 24 de abril del 2001 y fue beatificado el 13 de noviembre del año 2005, por el Papa Benedicto XVI en la Basílica de San Pedro. Su festividad se celebró ayer, día 1 de diciembre. Está sepultado en el desierto argelino (El Golea) y su tumba es meta de peregrinaciones.

La espiritualidad del Beato Carlos Jesús de Foucauld tiene algo de ignaciana, adquirida cuando hizo los ejercicios espirituales; cisterciense por los años que estuvo en la Trapa; franciscana por el contacto que tuvo con ellos y con las clarisas en Tierra Santa; carmelita por su avidez de leer las obras de Santa Teresa y San Juan de la Cruz. En fin, en su formación espiritual tuvo diversas influencias, incluso de los Padres del desierto.
Esta espiritualidad era predominantemente cristocéntrica, eucarística y misionera, caracterizándose por la imitación a Cristo, por su predilección por la Sagrada Familia de Nazareth y por una fraternidad universal. De hecho se le llama “el hermano pequeño de Jesús” y el “hermano universal”. Destacan también en él el inmenso amor a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y a Santa María Magdalena. Fue un testimonio de vida contemplativa y de caridad. Él mismo dice: “Mi vida, es una vida de monje misionero fundamentada en tres principios: la imitación de la vida oculta de Jesús en Nazareth, la adoración al Santísimo Sacramento y el establecimiento en medio de los infelices (Nota 2) más abandonados intentando hacer todo lo posible por conseguir su conversión”.

Sepulcro del Beato. Desierto de El Golea, Argelia.

El Vaticano reconoció sus virtudes antes de ser beatificado pues el Papa Pablo VI en su encíclica “Populorun progressio”, lo menciona llamándolo “hermano universal” presentándolo como modelo de apóstol. Juan Pablo II en su visita a París lo mencionó como uno de sus maestros espirituales.
Después de su muerte han aparecido diversas congregaciones religiosas que se han inspirado en su espiritualidad. Tres de ellas son de derecho pontificio: “Las pequeñas hermanas del Sagrado Corazón de Jesús”, “La fraternidad de las pequeñas hermanas de Jesús” y “Los pequeños hermanos de Jesús”.
Existen también “Las pequeñas hermanas del Evangelio”, “La Unión de Nazarenas del Padre de Foucauld”, “Las pequeñas hermanas de Nazareth”, “Los pequeños hermanos del Evangelio” y “Los pequeños hermanos de la Cruz”. Existen otros grupos religiosos que se inspiran en su espiritualidad, pero sería largo enumerarlos.

Son tantos sus escritos que para no alargar el artículo he preferido no relacionarlos a sabiendas de que hay información suficiente en Internet. Asimismo, son numerosas las biografías escritas sobre nuestro beato y aun más los estudios realizados sobre su espiritualidad. Todo esto daría para un segundo y largo artículo.
Como existen numerosas fotos auténticas del beato es fácil representarlo iconográficamente.

Antonio Barrero

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Nota 1: La traducción no es adecuada. Sería: “En cuanto comprendí que existe Dios, no puedo hacer otra cosa que vivir para Él“.

Nota 2: La traducción no es adecuada. Sería: Infieles o no creyentes

LAS “FRATERNIDADES DE DESIERTO”

 UNA LLAMADA A LA CREATIVIDAD

Desearía poner a vuestra consideración, por su importancia y su actualidad, lo que el hermano René Voillaume nos propone en su libro Por los caminos del mundo sobre las “Fraternidades de desierto”, para que pueda suscitar nuestra capacidad creativa, como familia del hermano Carlos, y consolidar también las experiencias positivas hechas hasta el momento a la búsqueda de nuevas formas para nuestro tiempo1:

“El padre Foucauld redactó sus primeras reglas, la de los Hermanos de Jesús, en 1896, y la de los Hermanos del Sagrado Corazón, en 1899, refiriéndose a un concepto de la vida de Nazaret muy separada y silenciosa. Este concepto respondía a una necesidad sentida por él durante ese período de oración solitaria que fue su vida en la Trapa y en el convento de las Clarisas de Nazaret. Aun cuando la vida de sus hermanos haya sido concebida por él con arreglo al tipo clásico de una vida comunitaria, en el fondo desea que vivan como solitarios; de ahí el nombre de Eremitas del Sagrado Corazón con que les llamó algún tiempo: “Se consideran como solitarios, aun viviendo varios juntos, a causa del gran recogimiento en el que transcurre su vida”2

              Más tarde, en Beni-Abbés y en Tamanrasset, cuando el hermano Carlos de Jesús tenga a la vista realizar la vida de Nazaret viviendo en íntimo contacto con las gentes del país, buscará la soledad con intervalos, bien sea en sus ermitas, bien sea en el curso de sus viajes a través del desierto.

              También los hermanos están llamados, a causa mismo de su vocación para la vida de Nazaret, a vivir periódicamente en el desierto, especialmente en ciertas ocasiones; por ejemplo, en el transcurso de su formación, o a intervalos regulares durante su vida entre los hombres, y también en la época de estancias más o menos prolongadas, sobre todo para aquellos hermanos que se sintieran interiormente llamados por Dios, con miras a una oración de intercesión más urgente dentro de la línea misma de su vocación, que les destina a ser redentores con Jesús.

              Las fraternidades en el desierto parecen responder, por tanto, a una doble necesidad de los hermanos: la de una iniciación progresiva a la oración contemplativa dentro del marco de una vida de Nazaret más solitaria, iniciación que se efectúa principalmente en las fraternidades de noviciado; y la de una vida de adoración y de intercesión, cuya intensidad requiere como de sí misma lo absoluto del desierto. Es a esta última necesidad a lo que responden, sobre todo las fraternidades de desierto propiamente dichas…

              Es con la intención de mantener este ritmo de oración solitaria por lo que las fraternidades, y especialmente las establecidas en aglomeraciones urbanas y dedicadas al trabajo, deben establecer en los alrededores inmediatos una ermita que ofrezca las condiciones de aislamiento y de silencio que permitan efectuar periódicamente verdaderas estancias en el desierto. Estas breves estancias en una ermita serán ya para los hermanos ocasión de entregarse a una oración de intercesión más apremiante. Pero otras fraternidades deben ser capaces de procurar a los hermanos unas condiciones que hagan posible estancias prolongadas en la soledad, añadiéndoles el ambiente de recogimiento de una comunidad fraternal, del que muchos tendrán necesidad para renovarse, dentro de la fidelidad a su vocación de “permanentes de la oración”. Las contradicciones aparentes de la vida de las fraternidades hacen difícil a los hermanos la perfecta realización de su vocación. Por esto es indispensable que los hermanos que hayan vivido o trabajado durante largo tiempo en medio de un ambiente materialista, puedan encontrar no solamente lugares desiertos favorables a la oración, sino, además, verdaderas fraternidades que les aseguren el ambiente de recogimiento, de oración y de adoración al santísimo Sacramento de que tienen necesidad. Es, sobre todo, en estas fraternidades en donde son llamados a vivir los hermanos que, por su vocación, pedirían orientar su vida hacia una oración solitaria más apremiante. Las fraternidades de desierto, están, por tanto, estrechamente asociadas a las otras fraternidades dentro de la realización de una vocación única”3.

                                          


1  Ejemplo de esto son los lugares de “desierto” que las distintas fraternidades de hermanas y hermanos tienen en España, como Farlete, Guadalupe, “El monte de la Paz” en Murcia, o la Comunidad de Jesús en Tarrés. Existen otras iniciativas de “comunión en la intercesión”, en sintonía con el texto que aquí se expone, como la Comunidad Ecuménica Horeb Carlos de Foucauld, que se puede consultar en http://horebfoucauld.wordpress.com

2  C. FOUCAULD, Reglamento de los Hermanos del Sagrado Corazón, 1899

3  R. VOILLAUME, Por los caminos del mundo, Marova, Madrid 1973, 296-299

“Tu fe te ha salvado”

La fe, es lo que hace que creamos desde el fondo del alma… todas las verdades que la religión nos enseña, es decir, el contenido de la Escritura Santa y todas enseñanzas del Evangelio; en fin, todo lo que nos es propuesto por la Iglesia. El justo verdaderamente vive de esta fe (Rm 1,17), porque reemplaza a la inmensa mayoría de los sentidos de la naturaleza. Transforma tanto todas las cosas que apenas los sentidos pueden servirle al alma; por ellos sólo percibe apariencias engañosas; la fe le muestra las realidades.
El ojo le muestra a un pobre; la fe le muestra a Jesús (cf Mt 25,40). El oído le deja oír insultos y persecuciones; la fe le canta: “Regocíjese y gózate de alegría” (cf Mt 5,12). El tacto nos hace sentir los golpes recibidos; la fe nos dice: “alegraos de haber sido considerados dignos de sufrir algo por el nombre Cristo” (cf Hch. 5,41). El gusto nos hace sentir el incienso; la fe nos dice que el incienso verdadero “son las oraciones de los santos” (Ap 8,4). Los sentidos nos seducen por las bellezas creadas; la fe piensa en la belleza increada y tiene lástima de todas las criaturas que son nada y polvo al lado de aquella belleza. A los sentidos les horroriza el dolor; la fe lo bendice como la corona esponsal que se le une a su Amado, como la marcha con su Esposo, la mano en su mano divina. Los sentidos se rebelan contra el insulto; la fe lo bendice: ” bendecid a los que os maldicen ” Lc 6,28)…; lo encuentra dulce porque es compartir la suerte de Jesús… Los sentidos son curiosos; la fe no quiere conocer nada: tiene sed de sepultarse y querría pasar toda su vida inmóvil al pie del tabernáculo.
Beato Carlos de Foucauld (1858-1916)
ermitaño y misionero en el Sahara
Retiro en Nazaret 1897

Cardenal Roger Etchegaray y Carlos de Foucauld

Discurso pronunciado por S.E.R. el Cardenal Roger Etchegaray, Presidente Emérito del Consejo Pontifical “Justicia y Paz” y “Cor-Unum” Vice-Decano del Colegio Cardenalicio en la vigilia de la beatificación de Carlos de Foucauld

Dentro de la gama de las beatificaciones desplegadas por la Iglesia, sobre todo a partir del Papa Juan Pablo II, si hubiera una nota a la sonoridad típica pero no exclusivamente francesa, sería ésta que hoy percibimos con exactitud y justicia en honor de Carlos de Foucauld.

              A ustedes, Señor Embajador Pierre y Señora Olga Morel, aquí en la Villa Bonaparte, nuestra República laica acogedora de “santos y santas de Francia”, y ante los huéspedes, numerosos en calidad cantidad, os presiento llenos de satisfacción al escuchar esta tarde un maravilloso canto del cisne.

              El tiempo del proceso de beatificación ha sido de casi 80 años, ¿verdad, Monseñor Bouvier? por una causa que emanó de fuente pura, evangélica, nos hace ver que no siempre es fácil separar la espada del hisopo porque en la época colonial se avanzaba de la mano evangelización con colonización. En el día de hoy, el nuevo bienaventurado nos demuestra que se puede ser buen francés y auténtico “hermano universal”. He leído un ensayo de un universitario periodista, Marcel Clément, quien se preguntaba si las naciones, también la nuestra, tienen una vocación en la sinfonía universal. Su obra, que me regaló hace diez años, la dedicó a su hija “Francia que lleva el nombre de la Patria” y a su hijo “Pascal (Pascua) que lleva el nombre de la Resurrección”.

              Como a tantos de mi generación, descubrí muy joven al que se presenta bajo el subtítulo un poco restringido como “explorador de Marruecos, eremita en el Sahara”, en el libro de René Bazin, que apareció en el 1921 y que oportunamente ha sido reeditado con una introducción de su compatriota el Cardenal Poupard. A partir de esta biografía surgieron los primeros discípulos, laicos todos ellos. Con los años se entrecruzan las fraternidades seculares, sacerdotales, religiosas, nacidas del espíritu más que de la mano del Hermano Carlos, que a su muerte dejó sencillamente una Unión, una asociación de oraciones con 48 adheridos y sólo uno, había pagado la cuota.

              Se ha hablado de numerosas fundaciones de este “no fundador” de una posteridad, según vuestra expresión, Señor Ministro, “en estado perpetuo de fundación”. También hemos hablado de la suerte de que Foucauld no hubiera fundado, sino que dejó a las generaciones sucesivas la gracia de descubrir las mil facetas de una vida nómada tanto de espíritu como de cuerpo, trazando una curva sinuosa, desconcertante y a tientas para descubrir la voluntad de Dios a través de un montón de escritos espirituales, 17 volúmenes, y miles de cartas escritas a personas muy diversas: su confesor de conversión, el padre Huvelin, vicario parisino con aire de párroco de Ars, y sobre todo su prima la Sra. de Bondy y su hermana la Sra. de Blic, cuyos tres nietos fueron alumnos míos en Santa Clara, (Paul se encuentra entre nosotros). No obstante podemos afirmar que en toda su descendencia espiritual tan abigarrada, existe un fondo común que permite restituir a Foucauld una paternidad fundacional con sus tres rasgos esenciales: la imitación a Jesús en su vida de Nazaret, el lugar central que ocupa la Eucaristía y la adoración eucarística y la prioridad de la misión en cualquiera de sus formas conocidas bajo los cielos.

              Aunque nunca me senté en una rama del gran árbol foucauldiano ni pisé ninguno de los lugares importantes llamados Beni-Abbés, o Tamanrasset o el más alto, el Assekrem, pero no por ello he dejado de sentirme como un hermanito del gran Hermano Carlos y he intentado abordar a algunos de sus discípulos más cercanos: el Padre Albert Peyriguère, he saludado a Paul, (que nació cerca de Lourdes), tuve el placer de visitar, después de su muerte, la ermita de El Kbab en el Atlas marroquí, cuando el Padre Michel Lafon (con nosotros esta tarde) ya había tomado el relevo; el Padre René Voillaume quien tenia su puerto de llegada en Marsella, al inicio de mi episcopado, y venía lleno de su “En el corazón de las masas”; la hermanita Madeleine, a la que frecuenté asiduamente desde el tiempo de seminario romano; a Louis Massignon, al que el Hermano Carlos quiso que fuera su primer heredero y que en 1959 escuché en la Sorbona su célebre conferencia con el título de “Toda una vida con un hermano que vivió en el desierto”. Cuantos encuentros también con Monseñor Guy Riobé, en Orleans y con Charles de Provenchères, en Aix, en Toubet, obispos los dos y muy distintos pero apasionados por Foucauld los dos. No olvido tampoco a Ali Merad, este universitario musulmán que describió sin artificio pero con mucho calor la aventura mística de Foucauld “en el Islam”. La palabra “diálogo” no se usaba demasiado en aquel tiempo, pero en el desierto cerca de él, había levantado una tienda abrahámica de hospitalidad que ningún diccionario sería capaz de definir en todas sus exigencias humanas y divinas.

Sigo porque el tiempo se acaba. Me queda por citar al Cardenal Ratzinger (está un poco de moda) en un librito dedicado a sus compañeros en su 25 aniversario de ordenación sacerdotal. Evocando al hermano María-Alberico habla de Jesús de Nazaret: ” Unicamente a partir de allí la Iglesia podrá empezar de nuevo y curar. No podrá aportar la verdadera respuesta a la rebelión de nuestro siglo, contra el poder de la riqueza, si, en su mismo seno, Nazaret no es una realidad vivida”. Pero sobre todo, englobando también la pobreza según el himno de san Pablo a los Corintios, Carlos de Foucauld nos indica la realidad suprema: “la caridad, el “ágape”, representado por un corazón de color de la sangre y encima una cruz que él ha dibujado, gravado y cosido en su gándura.

Perdonadme todos, si he resbalado pero no patinado hacia una especie de meditación. Sino, cómo habría que hacerlo con el Hermano Carlos de Jesús, aunque fuera durante un simple brindis.

              Esta copa de champán, (él no la levantó con demasiada frecuencia después de su conversión), esta tarde él estará contento al verla burbujear hasta el cielo… donde está él, a la salud de Francia y de los que tienen en su mano su destino, su vocación y que ustedes representan, Señor Ministro, con vuestra delegación: el Jefe de Estado, Jacques Chirac, y el Jefe de Gobierno; os rogamos, Sra. Maria Laura de Villepin transmitir a vuestro marido especialmente en estos días, la lección y el ejemplo que nos deja Carlos de Foucauld: si, todo francés está llamado a ser a su vez, “un hermano universal”.